Buenos días,
Esta edición llega rezagada, porque mientras la escribía sentí la necesidad de repensar la estructura del newsletter. Aprovechando que ya estamos a mitad de año voy a intentar desestructurar las próximas ediciones. La idea es comentar las noticias al pasar pero no detenerme mucho en ninguna que no me permite, por sí misma o articulada con otras, discutir algo más interesante que una coyuntura inmediata. Veremos cómo sale.
Xi, Putin y Trump
La noticia de junio hubiera sido el encuentro entre los líderes de las principales potencias del mundo, si no fuera porque días después Xi Jinping también recibió a su par ruso. No es que el primer encuentro haya perdido sentido, sino que fue contextualizado, y la noticia no es más “Cumbre entre Estados Unidos y China” sino “China se ubica como el articulador del mundo por venir”.
Resta definir si en efecto esto es lo que está ocurriendo, pero eso no quita que sea la visión que parece estar imponiéndose. En cualquier caso, los encuentros estuvieron llenos de simbolismo, actos formales y cuestiones protocolares. La delegación rusa parecía más acostumbrada a las formas que la estadounidense (algo que habría que esperar, las visitas son frecuentes), pero poco tiene esto que ver con los resultados conseguidos.
Trump consiguió algunos acuerdos comerciales, entre ellos un acuerdo para comprar aviones. Hay un dato interesante dando vueltas, por el que los chinos utilizan los anuncios de compra de material, particularmente de cosas como aviones, para exteriorizar la salud de la relación con el país que vende. En este caso, si bien el número de unidades se quedó corto respecto a lo que esperaban los americanos, que haya habido una compra señala que la cosa no está tan mal como podría.
Por otra parte, el mismo Trump comentó cómo el mensaje explícito de Beijing es que la cuestión de Taiwán es innegociable. Es algo así como la piedra angular de toda relación posible con China.
Por su parte Putin se llevó una serie de acuerdos firmados, pero dio la sensación de que la intención del viaje fue más bien una puesta en escena para equilibrar simultáneamente el peso de estos líderes. Permite romper la paridad de Trump y Xi, a favor de Xi, que actúa como el anfitrión de los grandes centros del poder del mundo.

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Tres miradas sobre el mundo
Me gustó este artículo escrito por la Dra. Olivia Cheung a raíz de estos encuentros entre líderes, donde plantea que los tres persiguen lo que consideran una misión histórica por “rejuvenecer” a sus países. Esto podría llevarnos a pensar en una reedición de los acuerdos de Yalta, donde los tres se reparten el mundo en forma de esferas de influencia con límites claros.
Para la Dra. esto no puede ocurrir porque la forma en la que persiguen este rejuvenecimiento nacional los conduce, tarde o temprano, a chocar entre sí.
El transaccionalismo trumpeano nace de una mirada que prioriza a los Estados Unidos y alterna, según Cheung, entre ver a sus aliados como obstáculos y a Rusia, China, Irán y Corea del Norte como sus principales adversarios a derrotar. Los Estados Unidos a los que aspira su presidente tienen que poder decidir en qué quiere meterse y en qué no, y siempre bajo sus propios términos.
Un contraste evidente con Putin y Xi, que ordenan el mundo bajo la idea de Occidente por un lado (con los EE. UU. a la cabeza) y un Sur Global por el otro, en el que ellos se proponen como representantes. En este escenario, están queriendo institucionalizar un mundo multipolar donde Estados Unidos no tenga una posición de privilegio.
Pero esta postura, superficialmente compartida, no lo es tanto cuando la ponemos bajo la lupa. Putin quisiera volver a un mundo post-Yalta, una configuración tradicional de esferas de influencia bien definidas, con un lenguaje de la multipolaridad. Mientras que Xi tiene una visión más global. Rusia es un socio, pero también lo son muchos otros países, que juntos forman una configuración mayor, liderada por China.
En esta visión China es quien marca la agenda, provee bienes públicos globales y está íntimamente involucrada en dar forma a las normas que ordenan el planeta. La autora marca que la idea que tiene China sobre su lugar en el mundo es central, pero “claramente” apartada del concepto de hegemonía. Esta distinción, lastimosamente, no es explicitada, algo que guarda para un libro que está por publicar.
En lo personal, tengo una mirada más psicológica de la dificultad para llegar a una configuración estable del mundo bajo estos términos. Los tres diseños comparten en su origen cierta idea de restauración. Partir de la necesidad de sentirse restituido es bastante problemático. Ni el Estados Unidos de la posguerra, ni la URSS, ni la China Imperial encontraron ocasión para sentirse satisfechos, ni siquiera en su mejor momento. Dejemos de lado que la evaluación de un “mejor momento” es de por sí complicada y retroactiva; en los hechos puede comprobarse que no hubo un viraje.
Podríamos llamarlo una trampa dialéctica. La idea de que es posible volver a un punto anterior, donde no buscábamos desesperadamente una situación anterior más estable.
Buena semana.
