Buenos días,

¿Será un efecto contagio lo que sucedió en Filipinas? Es genuinamente un argumento difícil de sostener que lo que pase en un país responda directamente a lo que pase en otro: cosas que pasan cerca (ya sea en tiempo o espacio) suelen pensarse como causa y consecuencia. Esto es frecuente y también un sesgo; lo que no quita que exista una relación, solo que probablemente sea más compleja.

Los cables

China y EE. UU. 

China anunció investigaciones antidumping y por discriminación comercial contra chips estadounidenses, alegando que ciertas compañías habían vendido componentes a precios artificialmente bajos y con prácticas restrictivas.

Tres días después, el Departamento de Comercio de EE. UU. amplió su Entity List, añadiendo 32 entidades vinculadas a tecnologías de semiconductores y telecomunicaciones, en su mayoría chinas. Esto impone duras restricciones a la exportación de productos y software estadounidenses hacia esas empresas. 

La escalada refleja la creciente fragmentación tecnológica global: Para China las restricciones sólo confirman su búsqueda de autonomía en la producción de chips e IA; para EE. UU. son dejar de abastecer a su competencia.

En Asia, los fabricantes de semiconductores registraron subas moderadas ante la expectativa de mayor inversión local, mientras Nvidia y otras firmas de Silicon Valley enfrentaron caídas por la posible pérdida de clientes. Analistas advierten que esta “guerra de chips” no es coyuntural, sino parte de un reordenamiento de largo plazo en la economía global.

Filipinas

Miles de manifestantes salieron a las calles de Manila y otras ciudades de Filipinas para denunciar corrupción gubernamental y mala gestión en proyectos de infraestructura. La fecha coincide (no casualmente) con los 53 años de la proclamación de la ley marcial de Ferdinand Marcos, un recuerdo aún sensible en la memoria política del país.

Los organizadores, en su mayoría sindicatos y grupos estudiantiles, acusaron al gobierno de desvíos de fondos y sobrecostos en obras públicas financiadas por deuda externa. También criticaron la creciente dependencia de capital chino en megaproyectos de transporte y energía, lo que genera temores de pérdida de soberanía.

La represión policial dejó decenas de heridos y más de 200 detenidos. Mientras escribo las marchas continúan.

Pakistán y Arabia Saudita

El 17 de septiembre, Pakistán y Arabia Saudita firmaron un Tratado de Defensa Mutua en Riad, comprometiéndose a responder conjuntamente ante cualquier agresión externa. El pacto, bautizado como Strategic Mutual Defence Agreement, representa un paso significativo en la cooperación militar entre dos países de larga relación política y económica.

El acuerdo contempla ejercicios militares conjuntos, intercambio de inteligencia y asistencia en tecnología de defensa. También abre la puerta a ventas de armamento paquistaní —particularmente drones y misiles de corto alcance— a Arabia Saudita, mientras que Riad se compromete a ampliar la ayuda financiera a Islamabad.

Geopolíticamente, la alianza tiene múltiples lecturas. Para Pakistán, en medio de tensiones económicas y presión de India en la frontera, el respaldo saudí refuerza su seguridad y acceso a recursos estratégicos. Para Arabia Saudita, diversificar socios militares más allá de EE. UU. le permite ganar margen de maniobra en su política regional, sobre todo frente a Irán.

Supo llamarse la tercera posición.

Turquía se halla, hoy más que nunca, en la encrucijada de su propia ambición: pretende fungir como poder regional indispensable, evitando alineamientos que no sean consigo misma. Bajo el liderazgo de Recep Tayyip Erdoğan, Ankara ha abrazado una política de autonomía estratégica pragmática, en la que no termina de alinearse con Occidente ni tampoco con Rusia, y cosecha las mieles de ese limbo.

Desde la crisis de Siria hasta el conflicto de Ucrania, Turquía ha demostrado su capacidad para moverse con agilidad. Con Rusia coopera en energía (por ejemplo, la central nuclear de Akkuyu), y no tiene pruritos en comprar armamento como el sistema S-400 (que figuró en la reciente conversación con Trump), además de haber expresado su interés de entrar al bloque de los BRICS. Al mismo tiempo (y con la guerra en Ucrania ocurriendo), Ankara mantiene su membresía en la OTAN, negociaciones con la Unión Europea y vínculos con EE. UU.

Este enfoque corre el constante peligro de que alguno de sus interlocutores considere que Turquía "hizo una de más", quedando entonces en una posición muy vulnerable, particularmente frente al otro de los polos entre los que se movía. Algunos analistas también cuestionan la capacidad de construir confianza, sabiendo que muchas veces negociar con Turquía implica negociar con alguien que también lo hace con enemigos propios declarados.

En lo personal, tiendo a creer que la confianza internacional está más ligada a la coherencia temporal: mientras que su diplomacia continúe operando con fineza y no cruce "líneas rojas" puede, aunque sea de momento, continuar operando en este espacio liminal de las influencias de otras potencias.

Hoy, Turquía aspira a capitalizar su ubicación estratégica, un puente logístico, energético y diplomático entre mundos (UE - Cáucaso - Oriente Medio), y su búsqueda la ha convertido en un Estado de la OTAN que desea también ser parte del BRICS. Una especie de tercera posición aflora en la forma turca de encarar el tema del alineamiento. Resta por ver, conforme pase el tiempo, qué nivel de éxito logra.

Que tengan buena semana.

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