Buenos días,

Primera edición del 2026. El cambio más notorio de NEF este año va a ser la cadencia, que pasa de semanal a quincenal. Un poco más de aire no le viene mal a nadie, y me hago eco de algo que dijo Zizek: a veces lo mejor es dejar de hacer y pensar un poco más.

Arrancó el año con una sensación bastante clara: hay cosas que antes parecían excepcionales y ahora no. Si quedaba alguna duda sobre el rumbo del sistema internacional, el primer trimestre parece haberla despejado.

Cables

Venezuela

El 3 de enero, Estados Unidos llevó adelante una operación que terminó con la captura de Nicolás Maduro, en lo que rápidamente se convirtió en uno de los eventos más inusuales de los últimos años en política internacional.

Una serie de ataques dirigidos contra bases militares y (según lo que sugiere la evidencia) la colaboración de alguien cercano, permitió que en tan solo un par de horas se lograra capturar, y sacar de Venezuela, a Nicolás Maduro.

Hay algo sorprendente en poder ver una operación de este tipo. La ejecución misma fue algo digno de una de las Fuerzas Armadas más poderosas del mundo. Pero, respecto de lo que significa para la idea de que existe un orden internacional, se parece más a aquella frase sobre un accidente de trenes: es terrible, pero uno no puede dejar de mirar.

Para bien o para mal, este hecho, y todo lo que posteriormente se diga sobre él, pareciera dejar en claro que se acabaron las pretensiones de un orden sin fuerza. 

Es como si el padre de la horda freudiana hubiese decidido que ya era hora de volver, y al salir de la tumba tirase todo el edificio construido sobre la misma. Estados Unidos decidió que el sistema de solución ‘no kinética’ de controversias ya no estaba ‘siendo negocio’ y solo queda ver si tenía, o no, razón.

Irán

El conflicto en Medio Oriente siguió expandiéndose. Un alto al fuego de octubre entre Hamas e Israel pareció enfriar un poco la región, pero con el diario del lunes la impresión es más bien que Israel necesitaba redistribuir sus recursos de cara a lo que se venía. 

El ataque entre Estados Unidos e Israel a Irán buscó una rápida decapitación de un régimen que pareció demostrar estar preparado para exactamente eso. Fue cualquier cosa entre “preocupante” y “gracioso” rastrear a que considera, Donald Trump, una victoria. El consenso entre varios analistas parece ser: anular la capacidad misilística, eliminar cualquier rastro del programa nuclear y desarmar la red de proxies regionales. El cambio de régimen, si bien hubiese sido bienvenido, la verdad es que no se planteó como un fin.

Al momento de escribir esto sabemos: Que Irán continúa realizando ataques con misiles y los llamados proxies (por ejemplo Hamas o los Hutíes) continúan existiendo. Dicho esto, se puede considerar que hubo un éxito parcial en tanto el volumen de los contraataques parece haberse reducido (aunque todavía muestran capacidad de seguir pegando) y la actividad regional parece haberse reducido. Respecto al plan nuclear, no hay información de que el stock de material enriquecido haya sido hallado. 

Por último, la respuesta Iraní sobre el Estrecho de Ormuz (⅕ del petróleo mundial) hizo que de alguna manera este conflicto se mundialice. Principalmente obligó a los históricos aliados americanos a replantearse esa relación: ante la presión de Trump para participar del conflicto la primera respuesta fue una gran reticencia. 

Potencias

Al mismo tiempo, la relación entre Estados Unidos, China y Rusia sigue moviéndose en una zona de competencia sostenida, sin demasiados mecanismos claros de estabilización.

A esto se suma una creciente disposición a actuar en terceros escenarios, ya sea en el plano tecnológico, económico o incluso militar. No hay necesariamente una escalada directa, pero sí una ampliación del rango de herramientas utilizadas.

Rusia se ha ofrecido a dejar de proveer inteligencia a Irán a cambio de que Estados Unidos deje de proveerla a Ucrania. No ha dejado de aprovechar la oportunidad que el encarecimiento de la energía le trajo y no dudó en ofrecer a Europa volver al comerció (no fue menor el levantamiento temporal de sanciones sobre el petróleo ruso por parte de Washington).

Disculpas mientras ajustamos la calidad de la imagen.

El año que Estados Unidos se abrió

Durante bastante tiempo convivieron dos lecturas. Se acepta la existencia de un orden internacional (el llamado Orden Liberal Internacional) pero también que no logró eliminar las flagrantes asimetrías de poder entre sus participantes.

La mirada más optimista señalaba que el orden permitía tender a un mundo más justo. No se podía pretender que las asimetrías e injusticias simplemente cesaran y -había que admitir- que en los últimos 70 años, la cantidad de conflictos activos, y su escala, se habían reducido. También resaltaron como “caretearla” (perdón por el tecnicismo) se volvió un factor de presión en sí mismo, que permitió la multiplicación de espacios de negociación, cooperación y ayuda humanitaria.

La otra mirada (y si bien las presento como miradas únicas, en ellas englobo infinidad de defensas y críticas) sugiere que el orden es algo así como una fachada que sólo institucionalizó (las normativizó) esas asimetrías. En este caso se asume que las injusticias que perduran no son fallas de sistema, sino su finalidad. Era en última instancia una forma elegante para que los más poderosos continúen administrando la diferencia de poder.

Ambas miradas coinciden en que hay un actor que voluntariamente opta por no hacer uso de su fuerza, y en cambio se compromete a ser uno de los mayores aportantes de recursos para sostener la maquinaria institucional. Es solo tras esta decisión que puede desplegarse el Orden Liberal Internacional. Entonces surge el problema de medir la efectividad del sistema que explícitamente delega el comportamiento en normas, pero implícitamente sugiere que el nivel, y la frecuencia, de acatamiento de esas normas está sujeto a la fuerza relativa que cada país posea.

Si, como parece, Estados Unidos está dando un paso al costado como garante del sistema, lo hace porque lo cree necesario para preservarse en la cima de una pirámide de fuerza. Este sacudón parece transparentar las relaciones de poder que sostenían el orden internacional, y esta visibilidad funciona como una señal de alerta para quienes puedan oírla. 

Por ejemplo, el coqueteo alemán con el servicio militar obligatorio o el anuncio de que Francia dejará de hacer público su stock de armas nucleares, parecen confirmar que aliados con pasados imperiales están desempolvando viejas herramientas que habían guardado. La desarticulación de la gran alianza occidental de posguerra abre la puerta a que antiguos imperios reaviven ambiciones. 

Si Estados Unidos no es estratégico con sus decisiones puede encontrarse pronto compitiendo, no solo con Rusia y China, sino también con aliados. Por otra parte, para todos los demás países del sistema, se abre una ventana donde pueden a la vez multiplicarse las oportunidades y peligros. En fin, se aproximan tiempos interesantes.

 Buena semana.

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