Buenas días,
En breve Donald Trump va a estar viajando a China junto a su secretario de Defensa (última visita del cargo a China fue en los 70’) y acompañado por un séquito de CEOs Tech, como si quedaran dudas de cual es la nueva dimensión global en disputa.
Pero, en esta edición vamos a repasar el estado de la las guerras en Ucrania,en Irán, y la que se libra por los corazones y las mentes.
Los cables
Guerra en Ucrania
Se vuelve común escuchar que uno u otro país sufren derrota y sin embargo siguen. Esta semana Putin presidió un breve acto durante el desfile (más sobrio que de costumbre) por el Día de la Victoria. Así como en China, el fin de la segunda guerra tiene su codificación propia en Rusia.
Durante tres días hubo una tregua (que parece que no fue respetada por ninguna de las partes) durante la cual Zelensky sacó un decreto que habilitaba a Rusia a tener su desfile en paz. Más tarde el portavoz del Kremlin calificó el decreto como una “broma tonta”.
Entiendo la idea de querer sugerir que Ucrania posee alcance sobre la Plaza Roja, pero normalmente en una guerra esas cosas se demuestran de forma más contundente (algo que para variar hizo otras veces). Solo decirlo parece dar cuenta de un anhelo fuera de su alcance.
Guerra en Irán
Actualmente el conflicto se concentra en el estrecho de Ormuz. La tregua tiene, por admisión del propio Trump, un “1% de chance de sobrevivir”. Por su parte, Israel bombardeó Líbano de nuevo, con víctimas civiles (niños incluidos); parece que su intención es impedir a toda costa la permanencia de su red regional de aliados (Hezbollah).
Netanyahu habló en el programa 60 minutos, donde dijo que Irán todavía conserva capacidad misilística, por lo que queda trabajo por hacer. Varios analistas sospechan que se refiere a operaciones especiales dentro de Irán (el famoso "botas en el terreno").

Cannes: La disputa global por el sentido
A menudo si pensamos en las artes, la cultura y en el cine, estamos en un lugar mental muy lejos de aquel en el que estamos cuando hablamos de la guerra. Pero una mirada seria sobre la forma en la que se relacionan los países no puede prescindir de la dimensión cultural.
El Festival de Cannes empezó como una respuesta a la Mostra de Venecia, inaugurada en 1932 bajo el régimen fascista de Mussolini. Después de que el festival premiara un documental de Leni Riefenstahl y una película favorita de "Il Duce", Francia decidió impulsar un festival "libre de interferencia fascista". Se eligió Cannes por su infraestructura, ubicación y clima: básicamente, porque se la veía como una ciudad capaz de disputar simbólicamente con Venecia. La primera edición coincidió con el inicio de la Segunda Guerra Mundial, por lo que el festival debió esperar hasta el final del conflicto para consolidarse.
Cuando Cannes volvió a lanzarse en 1946, el panorama europeo ya había cambiado. El festival aparecía ahora como parte de la reconstrucción de la identidad europea: liberal, occidental, y que quería dejar atrás la experiencia fascista, que en varios países seguía bastante viva. Durante la Guerra Fría, la idea del cine como arte también funcionó como una herramienta de soft power, mostrando la potencia cultural de este lado de la Cortina de Hierro. El punto es que, antes de pensar en Cannes como una celebración frívola y snob, hay que entenderlo como un polo de fomento del proyecto político-cultural europeo.
En ese sentido, Cannes es una forma europea de intervenir en, y disputar, la cultura global. ¿Qué nos dice entonces sobre el mundo actual? Este año, una de las discusiones centrales del festival giró en torno a la inteligencia artificial: varios directores y la propia presidenta del jurado, Juliette Binoche, defendieron públicamente el valor del "arte humano" frente a lo que ven como una amenaza a la autoría y la emoción genuina. Una perspectiva profundamente humanista, sí, pero que también se inscribe en un conflicto más amplio.
La inteligencia artificial es el último ejemplo de algo que suele olvidarse: las tecnologías no son neutrales. Sus condiciones de producción dejan marcas que pueden transmitir ideas y valores no siempre en línea con los de sus usuarios. Por eso, la disputa entre Estados Unidos y China le otorga tanto peso a la competencia por el desarrollo de la IA.
En una situación análoga, la de la tecnología nuclear tras la Segunda Guerra, Europa se había apoyado en su aliado americano para resistir el peso de la URSS. En este caso, desde el segundo mandato de Trump, las señales apuntan en otra dirección: el giro estadounidense respecto de la guerra en Ucrania y las tensiones crecientes con sus aliados tradicionales sugieren que Washington no se presenta hoy con la misma disposición de otras épocas. Europa, en ese contexto, tiene que pensar más por su cuenta.
Lo que está en juego no es solo un debate sobre emociones y autoría. La IA es la misma tecnología que está revolucionando la automatización, el manejo de enormes volúmenes de datos y la optimización de procesos a una escala sin precedentes. Europa no puede competir en esos términos con China y Estados Unidos, donde la potencia que despliegan gigantes como OpenAI o Alibaba parece difícil de alcanzar. Entonces desplegó otras estrategias. Por un lado, un marco regulatorio que busca adelantarse a los conflictos que la disrupción tecnológica puede generar: el AI Act se está convirtiendo en un estándar global, algo similar a lo que ocurrió con el GDPR en materia de privacidad. Por otro, una disputa por el sentido: definir para qué sirve la IA, qué valores incorpora y qué produce es también una forma de ejercer poder. Visto así, la posición de Cannes no es solo estética, es una embestida simbólica para marcar el terreno sobre el que se va a discutir el significado de estas tecnologías.
En última instancia, Cannes no refleja una Europa que ha perdido la carrera tecnológica, sino una que entiende que esa carrera se juega en varias pistas. No rechaza la tecnología, sino el sentido que viene prefijado. Parecido a lo que ocurrió en 1939, lo que observamos es la búsqueda de una plataforma para producir sentido y participar del modelado del mundo. Entonces alcanzó con elegir una ciudad con buen clima y hoteles suficientes; hoy la apuesta es un poco más difícil.
Buena semana
